Dicen por ahí que casi nunca los sueños se terminan dando tal cual uno los imaginó en la cabeza. Pero el caso de Luciana Valdés, a quien en la movida musical todos conocen como Luli Bass, rompe completamente con esa regla. A sus 35 años, la bajista se convirtió en la flamante incorporación de Los Piojos para esta esperadísima vuelta a los escenarios. Y a decir verdad, no es una historia más del montón. Detrás de este debut hay una fanática de toda la vida que, a los 9 años, armaba y vendía collares solo para poder juntar unos pesos y comprarse su primer bajo. “Y sí, ya me lloré todo”, confesó la piba en sus redes sociales tras el primer show, agradeciendo a Dios y a la música. Todavía tiene muy presente aquella entrada que su hermano Damián le regaló allá por mayo de 2004 para ir a ver a la banda a Vélez; un ticket que, a día de hoy, guarda como un tesoro.
Entre el rock pesado y los rumores de pasillo
Llegar a ocupar semejante lugar no fue cosa de un día para el otro. Luli se curtió tocando blues y rock, abriéndose paso a puro talento en una industria que históricamente siempre tendió a dejar a las mujeres en un segundo plano. A lo largo de los años metió laburos con próceres del calibre de Miguel Botafogo y el batero Black Amaya, pasó por Jimmy Rip & The Trip, y hasta compartió tablas con Fernando Ruiz Díaz de Catupecu Machu, Mariano Martínez de Attaque 77 y Juanse. Hoy, ya validada como una más de la banda tras pisar fuerte en lugares como el Estadio Único de La Plata, el Monumental, el Kempes cordobés, el Cosquín y el Quilmes Rock, su nombre también resuena por otro motivo. Las malas lenguas de la farándula, impulsadas por la periodista Fernanda Iglesias en la pantalla de eltrece, aseguran que la bajista llevaría más de un año saliendo en secreto con el mismísimo Ciro Martínez. “A Ciro le cuesta blanquear sus vínculos”, tiró la panelista al aire para justificar el tremendo bajo perfil que estaría manejando la pareja.
La reinvención de la máquina coreana
Mientras el rock nacional vibra y arma revuelo con estas vueltas históricas, del otro lado del mundo el panorama no se queda atrás en cuanto a regresos monumentales. Después de un parate de cuatro largos años marcado por el servicio militar obligatorio de sus integrantes, el tanque surcoreano BTS volvió al ruedo. Y lo hicieron pateando el tablero con “Arirang”, un nuevo disco de 14 temas que funciona como un termómetro para medir el poderío actual de Hybe, el gigante del entretenimiento que los banca hace más de una década. Hay demasiadas fichas puestas en este lanzamiento, casi como si economías enteras dependieran de que estos pibes no la pifien y sigan marcando la cancha del “poder blando” coreano a nivel mundial.
Sonidos al límite y colaboraciones pesadas
Lejos de jugar a lo seguro o quedarse en el molde tras la pausa, la versión de Jung Kook, RM, Jimin, V, J-Hope, Suga y Jin que volvió al estudio se nota mucho más confiada y rara que antes. “Arirang” es un disco ruidoso, peculiar y por momentos acelerado, diseñado más para el impacto que para la sutileza, bordeando lo experimental. La primera mitad te pega de lleno con una onda industrial y crujiente, un hip-hop que trae cosas raras. Temas como “Hooligan” mezclan sonidos de una película de los años cuarenta con el ruido afilado de un cuchillo, armando un tira y afloje tremendo, mientras que “Fya” te mete de cabeza en lo que parece una persecución por un club nocturno. Recién en la segunda mitad asoma una vibra un toque más luminosa, con cositas de soul noventoso en el tema “Please”, toques de speed garage en “One More Night”, o la calma hipnótica que te deja “Into the Sun” para cerrar el álbum, con un gancho que bien podría ser de Fountains of Wayne.
Pese a que el trabajo está bien repartido, este disco le da mucho más protagonismo a la línea de raperos del grupo —RM, Suga y J-Hope— por encima de las voces limpias. RM anda en su mejor momento, moldeando sus rimas a gusto, aunque V demuestra que es el cantante con más polenta del septeto. Si bien los surcoreanos no suelen meterse en terrenos explícitos, la ferocidad se siente patente en temas como “Like Animals” o “Body to Body”. Además, hay destellos de pura resistencia, como cuando prometen venir a buscar lo que es suyo en “2.0”, y hasta un dejo de resentimiento por la fama en la tremenda “Normal”, donde tiran un “ojalá tuviera un minuto para apagarme”.
A nivel producción, de la mano del histórico Pdogg, el excéntrico Diplo, el capo del rap de Atlanta Mike Will Made-It y el colaborador de Rosalía, El Guincho, se nota a la legua que es un disco armado por bloques. Es casi como si pudieras escuchar los clics del mouse en el estudio arrastrando cuatro compases de RM por acá y un par de líneas de Jung Kook por allá. Definitivamente es un rompecabezas musical minuciosamente ensamblado, pero que al escucharlo de corrido no deja de ser una obra impresionante que demuestra cómo, sin importar el género o el continente, los gigantes de la música siempre encuentran la forma de volver a ser el centro de atención.