Cuando supe que tenía que entrevistar a Sebastián Carreras antes de la despedida de Entre Ríos en el ciclo MSTRPLN, lo primero que se me cruzó por la cabeza es: “Bueno, esperemos que no me termine bardeando.” Le propuse hacer una entrevista rompecabezas. Sin la inmediatez del cara a cara, pensé que así se conservaría algo de la naturalidad y la continuidad que se pierden con la nueva modalidad de entrevistas vía e-mail. La idea era arrancar con una pregunta cualquiera y que la nota se fuera armando lo más espontáneamente posible. El primero en presentarse es el chico de primaria respirando el aire helado de la mañana marplatense. Ese chico que se permite volver a aparecer en ocasiones pero al que no podemos tildar de “naif”, porque entonces el que toma la palabra es un artista de una madurez intelectual desbordante, abrumadora. Podría decirse que Entre Ríos es una buena síntesis de estas dos miradas. En el momento creativo aparece la vivacidad, el juego, el optimismo de la infancia; en el momento de decidir qué hacer con esa producción, emerge un adulto responsable y de convicciones tan fuertes como para, de ser necesario, decir basta. Y así resulta ser hoy, después de una década de producción continua en la que Entre Ríos se volvió parte de la naturaleza pero también parte de un contexto sociocultural donde ya no se reconoce. Sin duda en algún rincón de la casa (o bien de la computadora) hay un disco de ellos; y afortunadamente la belleza de las letras, la cadencia de las melodías, y la suavidad de cualquiera de las cantantes que hayan pasado por la banda siguen (y seguirán) allí, a las espera del play, para llenar de colores la habitación.













