La Banda de Turistas anduvo paseando por La Plata. Nos colgamos, cámara en mano, al tour mágico y misterioso…y les trajimos un souvenir: una postal del swing rockero que, desde el año 2007, sabe ser de lo más destacado de la escena independiente.

De turistas, poco y nada. Lejos de las japonerías de outsider como las chancletas con medias y las mega-cámaras al pecho, estos cinco pibes son, más bien, genuinos conocedores y artesanos de la melodía. Nacieron tres años atrás en las aulas del colegio porteño Escuela Argentina Modelo, cautivaron a Adrián Dárgelos y a otros babasónicos; hasta fueron el fetiche nacional de Jarvis Cocker y la Banda Revelación de los Premios Clarín. Producidos afuera (sí, como turistas) por un monstruo como el brasilero Mario Caldato Jr., la Banda de Turistas está para gustar; y, en la noche platense, cuarenta minutos le fueron suficientes. Con sofisticación y soltura, le pusieron play al recontra celebrado Mágico corazón radiofónico y rescataron nueve de sus once canciones.
Ahora, una elección estética siempre se juega por lo que se deja de lado o lo que no se dice; con respecto al disco, ¿qué quedó afuera de La Plata, entonces? “Maíz” –sin mucho que decir al respecto-, y la densa “El asombroso misterio de la no-materia”. En este último caso, la discriminación fue un acierto: frente a un público tibio, casi familiar, ese monumento instrumental al krautrock habría sido, quizás, demasiado. Así, definido por la marginación, el show fue más bien amigable y acogedor; diseñado, otra vez, para caer bien. En una palabra: correcto.
Una pandereta, entonces, y arrancaron como el disco: “Mi máquina favorita”; el pulso pegadizo, marcado por la coordinación maquínica de guitarras, bajo y batería, es, sobre todo, una apertura agresiva, casi soberbia. Suena beat, pero suena también jetón: sesentoso, pero de frente march, pordiosero; un aggiornamiento libre y rebelde de La jóven guardia, Donald o Kano y los Bulldogs, aunque demasiado cínico y astuto como para salir por el programa consagratorio La escala musical del legendario Carlos Bayón.
Siguió el ritmo juguetón de “Todo vaya por la cábala”. La guitarra se presta, en esta instancia, al arpegio, al punteo, al acompañamiento (muy a lo Mariano “Roger” Domínguez de la última etapa babasónica), que asiste, con todo, a un escrupuloso contrapunto vocal. En la interpretación del beat nacional que hace Banda de Turistas, no hay ningún Lito Nebbia, Palito Ortega ni ningún Sandro (y los de fuego); o sea, no hay ningún frontman. Los tres micrófonos se alternan, ya para anunciar los temas o los ariscos agradecimientos: Luis Balcarce, Tomás “Tucán” Putruele o Bruno Albano. No hablan mucho más que eso, de todas maneras. Las voces no están para relevar ningún tic demagógico, sino que se agotan en las armonías indistinguibles de la melodía, una vez que la batería de Guido Colzani machaca la base. Una parte más en el camino de la canción.
Camino, digamos, macrista: sin baches y, en lo posible, sin muchos sobresaltos o imprevistos. Todo está ensayado. En la presentación se escucha y sobreentiende la prolijidad y, si bien de feria americana, la elegancia bien límpida: la composición cuidada de una fiesta de salón. ¿”Violentas melodías“, acaso, como dice “El canto”? No, ni cerca; más bien la “cordialidad” que pregonan con “Un verdadero cajón de madera”.
En este recorrido parejo, Banda de Turistas obliga a menear la cabeza y tararear -en el mejor de los casos, sonriendo a lo The Brady Bunch: sintetizador mediante (con Patricio Troncoso al control), sus melodías parecen estar hechas exclusivamente para eso. Una química psicodélica amable, accesible para amas de casa desesperadas y madres preocupadas.
Cerca de las 23.30, terminaron entre el festejadísimo “Todo mío el otoño” y la fantasmagoría que le da título a su primer larga duración (“Mágico corazón radiofónico”)…después de la voz de ultratumba y una zapada muy flashera (sí, por la insistencia de las luces), dispararon para abajo del escenario y desaparecieron…
Mientras tanto, quedó algo bien clarito: todo suyo el otoño, el invierno, la primavera y, con suerte, el próximo verano.
Nota: Antes de los turistas, tocaron dos bandas platenses: Primal, de reconocibles reminiscencias del, llamado, “hardcore melódico” (de bandas como Shaila); y los Supersivos, power trío que promete con un sonido marcadamente sureño (léase como la especificidad musical del enclave La Plata – Adrogué – Temperley, ya casi un género a la fuerza).
Fotos: Berenice Diman