
La cabeza nunca está en blanco; la cabeza es una máquina de pensar. Estamos en constante diálogo con nosotros mismos, adelantándonos a lo que vamos a hacer mañana o reprochándonos lo que hicimos ayer. Todo eso mientras el cuerpo se banca, solo, el aquí y ahora. Por eso la soledad puede enloquecer, por eso se nos acercan a hablar en el supermercado, por eso llamamos a un amigo: necesitamos del otro, del contacto y de la conversación; es la única manera de salirse de uno mismo, de perderse de vista un rato. Algunos inquietos sobrellevan mejor la soledad y el parloteo interno porque enseguida agarran algo –lo que sea– y lo transforman en otra cosa: crean una obra de arte o arreglan un secador de pelo; otros prenden el televisor, chatean, se fuman uno o abren un vino. Bradford Cox hace canciones. Canciones maravillosas. Canciones sanadoras. Y las hace de un tirón, sin saber verdaderamente qué está haciendo. Las hace con las manos, sin pensar y sin volver atrás; no hay tiempo para eso, hay que pasar a la siguiente, o irse a dormir finalmente.














