ARTISTA DESTACADO: Bradford Cox

La cabeza nunca está en blanco; la cabeza es una máquina de pensar. Estamos en constante diálogo con nosotros mismos, adelantándonos a lo que vamos a hacer mañana o...
Lo que dicen tus manos

La cabeza nunca está en blanco; la cabeza es una máquina de pensar. Estamos en constante diálogo con nosotros mismos, adelantándonos a lo que vamos a hacer mañana o reprochándonos lo que hicimos ayer. Todo eso mientras el cuerpo se banca, solo, el aquí y ahora. Por eso la soledad puede enloquecer, por eso se nos acercan a hablar en el supermercado, por eso llamamos a un amigo: necesitamos del otro, del contacto y de la conversación; es la única manera de salirse de uno mismo, de perderse de vista un rato. Algunos inquietos sobrellevan mejor la soledad y el parloteo interno porque enseguida agarran algo –lo que sea– y lo transforman en otra cosa: crean una obra de arte o arreglan un secador de pelo; otros prenden el televisor, chatean, se fuman uno o abren un vino. Bradford Cox hace canciones. Canciones maravillosas. Canciones sanadoras. Y las hace de un tirón, sin saber verdaderamente qué está haciendo. Las hace con las manos, sin pensar y sin volver atrás; no hay tiempo para eso, hay que pasar a la siguiente, o irse a dormir finalmente.

Es cierto, Bradford Cox trabaja así: dejando fluir la consciencia. Desde luego que tiene ideas, todo el tiempo tiene ideas; pero al momento de traducirlas en sonidos la mente juega un papel completamente secundario. No es una estrategia, algo que se imponga de afuera para adentro –si fuera así estaríamos en la misma: la mente seguiría controlando los movimientos–; simplemente le sale así, no podría trabajar de otra manera. Y con las letras pasa lo mismo: cuando canta Quarantined and kept so far away from my friends. I am waiting to be changed, y lo repite una y otra vez (a veces no hace falta decir mucho sino decir algo), lo hace al mismo tiempo en que lo piensa y que lo graba. Todo es parte de un mismo proceso: el trauma y la cura. Cox lo escupe y lo deja resonando en nuestros parlantes con impunidad: el ya está en otra cosa.

Cuando tenía dieciséis años, pasó todo el verano en un hospital; le hicieron cirugías de pecho, espalda y tórax. Tiempo antes le habían diagnosticado síndrome de Marfan, una enfermedad que debilita los tendones y hace que los huesos crezcan más de lo que el tamaño del corazón puede soportar. Por eso es tan alto y raquítico, no por yonqui como le gustaría creer a más de uno. De hecho no se droga ni toma alcohol; un poco por la medicación, otro por los vaivenes emocionales –que los tenemos todos, pero él pareciera vivir en un estado de cuelgue crónico–, y otro tanto porque su padre “le pegaría una patada en el culo”. Y sí, Cox sale de gira por todos lados pero sigue mantiendo base en Atlanta, donde se crió y donde se siente “nadie”.

Pero volviendo al verano del ’97, Cox pasó la mayor parte del tiempo en terapia intensiva recuperándose de las cirugías, chupando un cubito de hielo, sufriendo de sed. Para él fue un verano invisible, que nunca existió, lo cual se contradice con que haya sido precisamente entonces que compuso Spring Hall Convert (“Demasiada radiación, tanto tiempo solos, tan lejos de casa”, en referencia a los chicos enfermos de cáncer que veía en el hospital), canción que integra Cryptograms, el segundo disco de Deerhunter. También se contradice con que, normalmente, no escribe las letras antes de grabar las canciones y, al hacerlo, balbucea lo primero que le sale. Pero sobre todo se contradice con lo primero: con que fue un verano que nunca existió, porque en realidad esos meses marcaron su vida para siempre (“siempre me voy a sentir un chico enfermizo”). Y es que así somos todos, una contradicción andante.

Bradford Cox empezó a hacer música a los diez u once años. En la casa había una doble casetera y él grababa guitarras (que aprendió a tocar solo), voces y percusiones homemade porque los padres no podían comprarle una batería de verdad. Más adelante, un amigo le vendió la suya a cincuenta dólares; pidió prestada una grabadora de cuatro canales y consiguió un micrófono barato marca Atlas Sound. Desde entonces usa ese nombre para la música que hace solo y para la que el periodismo se cansa de buscar adjetivos; y una vez que los encuentra, claro, él ya se puso a hacer algo completamente distinto. Por eso habla poco de sus discos, porque cuando le preguntan ya no está en el mismo contexto en que comenzó a grabarlos; porque ya no siente lo mismo que entonces, o simplemente porque no tiene razones para todo lo que hace. Verlo dar una entrevista, de todos modos, es una experiencia trascendental: nunca se vio a un músico tan espontáneo, franco y con menos pose (y ver incómodos a los entrevistadores es tan curiosamente placentero).

Alguna vez dijo que tampoco tiene mucho que contar sobre su vida personal; que todo está ahí, en la música, porque es lo único que hace en el día y no tiene demasiada vida social. Cuando se viste de Emo, Cox puede ser de lo más oscuro. Y puede decir, por ejemplo, que es asexual, que nunca tuvo una cita y que no busca una relación romántica con nadie –ni con hombres ni con mujeres–; por lo que, llegado el momento, se las va a tener que ingeniar para hacerle frente a la soledad (porque “nadie quiere morir solo”). De esas cosas puede hablar Bradford Cox en una entrevista. También de alguna experiencia paranormal, de la neumonía que tuvo hace un tiempo, o de haber llorado y fantaseado con la muerte durante semanas. Es la misma desnudez de sus canciones; esa fragilidad que inspira ganas de darle un abrazo incluso antes de saber todo esto y sólo por escuchar su música. Él lo dijo: está todo ahí.

Y si se le da por compartir lo que hace, puede publicar cuatro discos en una semana. Al tiempo, quizás alguien le escriba diciéndole que alguna de sus canciones le cambió la vida y él no recuerde siquiera el momento en que la compuso; mucho menos de la letra y los acordes. Es que, en realidad, a Cox lo que más le interesa es improvisar –algo que Atlas Sound le permite hacer y Deerhunter no tanto. Para él no tiene sentido que haya tantos instrumentos arriba del escenario y tengan que limitarse a tocar las canciones que compusieron dos años atrás. Pero lo hace de todos modos y la rockea, de vestido corto y todo. Después, por supuesto, se banca el chismorreo –que por más indie que sea no deja de ser berreta–: ¿Con ese cuerpo y de vestido corto, cómo osa? Y él, que los ve de arriba del escenario prestándole más atención a su físico que a la música, cree que ya se preocupó demasiado por eso y que ya no le importa una mierda lo que digan: el vestido es lindo y con su cuerpo, ¿puede hacer algo acaso? Afortunadamente, logró perdonarse temprano. La tapa de su nuevo disco es elocuente en ese sentido; mientras que en Logos mostraba el pecho hundido y ocultaba la cara detrás de un haz de luz; en Parallax aparece en primer plano y con actitud provocadora, casi de ícono.

Pero mejor sería no haber dicho nada, no haberlo encerrado en un discurso –que nunca es más que una simple lectura– y dejarlo ser a través de la música. Mejor sería que nadie haya llegado hasta acá o, en todo caso, que lo haya hecho escuchando a Bradford Cox de fondo. En ese caso, todo esto no serían más que palabras, una detrás de la otra, intentando dar cuenta de una personalidad única, algo que la oscura belleza –o la bella oscuridad– de Atlas Sound (de Deerhunter también, pero sobre todo de Atlas Sound) define mucho mejor. Y tampoco es que haya algo que definir; no hay palabras para todo, mucho menos razones. Mejor callémonos todos la boca, y que fluya.

Ilustración: María Eugenia Funes

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Si fuera por mí, sería de quien se escribe acá.
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