Fue como presenciar el Génesis de la psicodelia. Una mujer se contornea lujuriosamente en la pantalla semicircular. Tonos amarillos, verdes y naranjas se funden en su fisonomía. Se recuesta, con buena predisposición. Un halo de luz como faro se desprende de su entrepierna. Nos enseña algo más que sus partes; nos indica una salida (¿un portal de la percepción quizás?), desde sus entrañas se vislumbra el nacimiento de lo inhóspito, lo visceral y cósmico. Como un parto sideral, uno a uno fueron saliendo por entre la pantalla que adornaba el escenario. Un alumbramiento que tiene como alma pater al descerebrado de Wayne Coyne. Un tipo que camina por entre la gente. Un Mesías Lisérgico.

“¿Te das cuenta que todas las personas que conoces algún día morirán?”, sentenciaba el frontman ante una multitud de personas que, a partir de anoche (y de justamente ese momento) pueden morir tranquilos. Los Flaming Lips se presentaron en GEBA y, entre color e ilusiones ópticas, le hicieron honor a otra pregunta que plantea esa canción, esa que dice: “¿Te diste cuenta que la vida pasa rápido y a veces es difícil hacer que las cosas buenas duren?”.
El inicio adrenalínico post burbuja se dio con Worm Mountain, de Embryonic, que fue una entrada perfecta para saber de qué se iba a tratar el resto del recital: una gran fiesta audiovisual. Cada tema, sonido y melodía guardaban relación (o no, ¿qué más da?) con el disparatado show casi teatral que la banda y sus secuaces naranjas daban.
El primer punto de encuentro con el hit inconfundible fue She Don´t Use Jelly. De atrás aparecían las imágenes de una rubia jugando con huevos fritos y todas las luces de colores imaginables. Los temas de Embryonic que reflejaron el costado más oscuro, pero rockero, del show fueron la lisérgica Convinced Of The Hex, la marcha sonora de See The Leaves y The Ego´s Last Stand, uno de los puntos más pesados y remarcables (la explosión de ese tema va a quedar en la cabeza de los que allí estábamos por un largo rato).
Globos, piñatas, papeles de colores, marcianos inflables, danzarines enanos hipsters, una fotógrafa en ropa interior con sobretodo transparente y las manos de perón de en 3D (con lásers en su interior). Parecía un trip extraído de una película de Michel Grondy. Todo es posible en el maravilloso y technicolor mundo de los Flaming Lips.
Hubo momentos en que la velocidad bajó para instalarse en esos temas pop que hicieron a los de Oklahoma potables para las radios. Yoshimi Battles The Pink Robots fue el primero de estos bichos. Coyne con guitarra acústica en mano, recubierta de una esfera acrílica, se dedicó a cantar sobre la heroína japonesa que promete salvarlo de la amenaza de los robots rosas y el público escuchó casi hipnotizado esta loca historia de ciencia ficción.
“¡Pará drogadictoooo!”, se le escuchó decir a una joven atribulada que aullaba por piedad. Es que los reiterados “c’mon, c’mon, c’mon”, del ruloso crispaban los sentidos y los nervios, en un sentido positivo. Esa arenga estaba repartida. No sólo estaba dirigida hacia los concurrentes, sino también para con sus músicos, que febrilmente transmitían esos espasmos musicales con buena vibra (aunque el sonido no haya sido de lo mejorcito).
A diferencia de él, Steven Drozd se refugiaba detrás de sus múltiples instrumentos y sólo se dignaba a agradecer o decir “sí” en su característico tono de voz a la Mickey Mouse. El bajista Michael Ivins se mostró muy relajado durante todo el recital (tanto que casi siempre tocó sentado y con sus gafas puestas) y Kliph Scurlok, tras su batería, se prendía un cigarrillo entre tema y tema.
Pompeii Am Götterdämmerung, clarísimo homenaje a Pink Floyd, pone el acento al trip psicotrópico y tiñe de rojo el escenario. What Is The Light? fue otra de las baladas que se hizo presente para bajar un poco las revoluciones. En esta ocasión las luces se apagaron y llegamos a sentir que “miramos al espacio”, como dice la letra.
The Soft Bulletin, el primer disco exitoso de la banda, tuvo espacio con Race For The Prize, que marcó el momento en donde el público puso el pudor a un costado y se animó a bailar tímidamente, mientras los papelitos que aún vagaban por ahí se posaban en rostros ajenos y conocidos.
The Yeah Yeah Yeah Song fue otra de las explosiones rítmicas de la noche y otro punto de salto y baile por parte de la audiencia que, podemos decir, no mostró su cara más fiestera, sino, contemplativa.
El cierre, como no podía ser de otra manera, fue con la emotiva Do You Realize?, que habla de lo rápido que pasa todo, las ilusiones que nos muestra el universo y, lo más importante, que hay que disfrutar.
La banda se retiró saludando y de fondo se escuchaba el eterno What a Wonderful World de Louis Armstrong. Y así nos fuimos, pensando para adentro: “Qué mundo más hermoso el que acabamos de ver”.
Facundo Enrique Soler y Agustín Domecq
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Fotos
Ph. Matías Altbach
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