por Guido Gamba, el 7 de septiembre de 2009 | Sección: Live

Más de seis mil personas le rindieron culto a Massacre, que coronó, en septiembre, su merecidísma ascendencia prodigiosa. Pogo, mosh y slam en una ópera magna de cinco actos y más de dos horas y media de duración.

Encabezar carteles en el Pepsi Music, el Personal Fest, el Cosquín Rock, el Quilmes Rock e, incluso, armarse un Obras hasta las manos no fueron suficientes, en absoluto. Sin correr riesgos de perder su epíteto característico de ‘banda de culto’ –nunca mejor dicho–, Massacre coquetea con la masividad, juega con los límites entre lo popular y lo under…y ese espacio liminal, marginal, le sienta muy bien: es el espacio de lo innombrable, entre las vallas, los escenarios de metro y medio o las bases a ras de suelo que supieron gastar durante más de veinte años. La condensación, de fondo, en una imagen: stage diving ¡hasta arriba! en el escenario del Luna Park.

De entrada, el planteo fue arrollador: empezar por el final. Como para leerse al revés, el show arranco bien arriba con Diferentes maneras, himno skater que se sigue bancando el escenario, incluso con un par de décadas encima, y se lo sigue bancando lo suficiente como para ser el comodín de cierre usual. Otra vez: coquetear con los límites y la perversión…nada más perverso que dar vuelta un show, ¿no? ¿Dónde está la cabeza? ¿El principio o el final? Este primer episodio –porque sí, hubo intervalos, cinco episodios, cinco actos, cinco capítulos– fueron veinte minutos al palo, guitarras ajustadísimas, e insistimos, sin parar, casi sin lugar siquiera para meter los bocadillos a los que Walas –ese frontman fashion punk– nos tiene acostumbrados: mucha distorsión, patadas e histrionismo skater; algunos “hola”, algunos “mi amor” y muchos “besos”.

Massacre había anticipado que la puesta escenográfica iba a ser, por lo menos, especial. El escenario emulaba a una pista de circo: tarimas, bases de colores y guirnaldas de luces, además de la parafernalia de siempre, entre vintage y kitsch, de los escenarios de la banda: marionetas, muñecos, cascos de Meteoro…y dos caballos de carrousel que cuidaban los flancos y la espalda de estos mamuts contemporáneos del ecosistema pampeano. Por encima, con luces y visuales de Patán (el iluminador de Los Piojos), las tres proyecciones gigantes alternaban entre videos, composiciones visuales y la cobertura del recital; publicidades de juguetes setentosos -como Beautiful Crissy, Monkey’s Uncle o los Daredevil Trik-Trak- armaban, en eso, una estética medio spaghetti western, casi de auto-cine o, por momentos, una estética gore clase B, a lo zombie (Vienen Zombies, desde El mamut), pero sin revivir ningún muerto. Walas aprovechó para “contarnos un chisme” y celebrar, frente a seis mil personas, la nominación a los MTV Awards bajo el rubro “Revelación”. ¿Ironía? En absoluto, “la nominación nos transforma siempre en una banda nueva, siempre una revelación, una banda de vanguardia, siempre a futuro, locas”.

La intención fue clarísima, la apuesta fue clarísima. ¿Qué es, sino, la vanguardia? El frente de choque, la primera línea, aquel comienzo arrollador…¿el público estaría a la altura de las circunstancias? La gente de Massacre sí. Como si ya tuviesen el show encima, la gente acató de movida la propuesta de los skate rockers: pogo circular a las 21.45 de la noche, en el primerísimo primer tema de la soberbia lista de treinta y dos. Y sí, Walas lo terminó admitiendo –varias veces– pero por primera vez entre Tres paredes y Nuevo día: “Esto es Massacre en vivo”, entre arreglos de batería y un sonido impecable. Agregó, más tarde: “El rocanrol –no sé cómo se llama– es una cosa hermosa”.

Aquel primer intervalo lo anticipó el segundo corte del disco El mamut, Divorcio, como para cerrar con densidad e instalar al show en la dimensión noise de larga duración, sostenible…y, por eso, un poco menos frenética. Algunos soportes, por ejemplo, el trifásico relato de Ana y Juicio a un bailarín, la figurita difícil del álbum edición limitada año 1995, L’alma oculta. La intención era, otra vez, manifiesta. Más simple: “trascendimos a otra dimensión”, en palabras de Walas.

El clímax de esta atmósfera sostenida y voladora –una interpretación trascendental en clave shoegazer– lo alcanzaron, quizás, con el denso intermezzo a las dos horas de show, armado meticulosamente con El taxidermista y Clavos y globos, para después meterle garra a la penúltima parte. Si se nos permite la metáfora: el movimiento adrenalínico de una montaña rusa, que llega angustiosamente despacito hasta arriba…y, después, caída libre; esta vuelta, agarrando velocidad entre los subidísimos Octava maravilla, el mash up electrónico de Adiós caballo español y la La orquídea blanca, con un celebradísimo solo, grandilocuente y rocker, de Pablo “El Tordo” Mondello, “el asesino de las seis cuerdas”, bancado por Darío Mondello con la guitarra electroacústica y los coros de la musa, madrasa, mánager, alma mater y soporte espiritual de Massacre: la Tori. Al final, acercar el último bis -¿el último aliento?-, desde el doblete, francamente imparable, de La epidemia y Resurrección, con un juego mecánico, a la vez que sublime y celestial, de luces blancas ascendentes…y “ya es hora de resucitar”.

Después de recuperar Violence, con ese riff gordo y pesado, y tras invocar a La reina de marte, terminaron con Plan B. Pocos agradecimientos, muchos saludos mano a mano y la proyección de una lista al estilo casting en orden de aparición, ¿acaso rindiéndole cuentas a aquel primer paso que inauguró la novísima etapa de Massacre? No, pareciese que no…hay bastante más que eso: esto es Massacre en vivo.

Fotos: Iara Kremer





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