
En tiempos en que los sonidos sintéticos comienzan a invadir a casi todos los géneros musicales, en detrimento de aquello que en el rock llaman lo genuino y sucio, el grupo que quiera experimentar con la electrónica deberá tener una buena voz que, hablando en criollo, se la banque. Yeah Yeah Yeahs tiene en los matices, los colores y los vaivenes de la voz de Karen O aquello que humaniza al disco y lo vuelve sensible.
El álbum abre con Zero y Heads Will Roll. Dos temas que anticipan que los neoyorkinos abandonaron en el garage sus afamadas guitarras. Para colmo de males, la cantante marca mucho el final de las palabras en los coros y por momentos se parece un poco a Gwen Stefani. Pero a lo largo de las canciones, recupera aquellos quejidos que rasgan la eléctrica atmosfera y la vuelven una sexual chica rockera en lugar de una irritable estrella del pop.
Si ya estabas bailando, el ritmo se desacelera con Soft Shock y la voz pendular de Karen O lleva adelante un tema que en lo demás no sorprende. Cuando pensabas que el trío se había mudado a un club nocturno de Brooklyn, nos sorprenden con Skeletons. Como el disco, este tema va in crescendo a través de la fusión de la voz de la cantante y una melodía épica con sonidos de percusión potentes y armónicos.
Dull Life tiene unos coros impecables que ya la hacen un hit. Junto a Shame And Fortune, estas canciones traen a los viejos Yeahs de regreso y lo más importante, vienen con sus guitarras. Son la pausa rock del álbum y da gusto tomársela. Aparece la influencia de Blondie que es tan obvia como decirlo. Pero para que no te queden dudas que el trío quiere romper todo encasillamiento posible llega Runaway, una preciosa balada con acompañamiento de piano en la que Karen O dulcifica su juego.
El ritmo cambia una vez mas y sorprende una ochentosa Dragon Queen bien bailable y glamorosa. Le sigue la demasiado pegadiza Hysteric que no nos sorprenderá demasiado si llega a ser cortina musical en algún episodio de Gossip Girl u otra serie adolescente. Pero para que no nos quedemos con gusto a poco, el disco se va con otra notable balada titulada Little Shadow, en la que Karen O demuestra que puede ser desde una geisha enojada hasta una princesa de cuento de hadas. De su voz emana la pasión que hace, a lo que pudo ser solo un producto artificioso y limpio, un disco con personalidad y alma.
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