Atrás quedó la época de maratónicas exposiciones mediáticas a favor de las drogas que destruyó la reputación de Andy Chango como músico de culto sepultándolo en un silencio discográfico de seis años: el ex Superchango está de vuelta con un álbum de canciones del controversial y polifacético Boris Vian, pero reformuladas a su propio estilo.

Entre tantos excesos (mediáticos y de otro tipo), Andy Chango había perdido el rumbo. Desmotivado, harto del rock y de sí mismo, la figura de Boris Vian (1920-1959) apareció para devolverle el sentido a su carrera artística. Este francés maldito, que supo ser (y hacer) de todo (fue novelista, poeta, dramaturgo, trompetista, cantautor, inventor y otras cosas menos convencionales) cautivó al músico argentino, y después de investigar su basta obra por cinco años, eligió finalmente doce canciones de entre doscientas para armar el disco.
Como un diccionario no alcanzaba para traducir las letras del francés al castellano, Chango contó con la colaboración del cantautor español Javier Krahe, del poeta Luis Antonio de Villena y del trombonista Norman Hoghe, quién también le pone la voz a The Deserter, el único tema traducido al inglés. En cuanto a la música, Chango acudió a músicos de jazz, como el pianista y compositor Federico Lechner, quien se encarga de los arreglos, el trompetista Jerry González y el armonicista Antonio Serrano. Además se da el lujo de tener invitados de la talla de Andrés Calamaro, Fito Páez y Ariel Rot.
Aunque Chango se haya rodeado de músicos de primer nivel, no es el aspecto musical el que sobresale ya que se limita a una ejecución correcta, que mantiene las convenciones dentro de un híbrido entre el jazz y el rock, aunque por momentos con tintes de milonga y vodevil. El mayor mérito está, en cambio, en las traducciones de las letras, en el ingenio de las rimas y sobre todo en la capacidad para adaptarlas con total libertad a los tiempos que corren y, si se quiere, a esa chabacanería (en el buen sentido) típica del imaginario porteño y del personaje de Andy Chango en particular. “Beber no importa en qué bar/ con tal de pillar un buen pedal”, canta en Beber, uno de los temas destacados junto con ¡Viva el progreso! y Snob (“nos sobra la coca/ ya nadie la toca/ es el guacamole lo que realmente nos pone”).
Sin embargo, el hecho de que las letras se destaquen demasiado dejando a la música en un segundo plano, como mero fondo, y que además funcionen a base de un ingenioso y sardónico sentido del humor, hace que el atractivo del disco se pueda llegar a agotar luego de la primera escucha. Así, la milonga Relaciones Peligrosas, con Fito Páez aburre por no tener una letra lo suficientemente fuerte, y El Blues del Dentista, con Andrés Calamaro, deja de funcionar al develarse el chiste/desenlace al final de la letra, que más que nada parece un cuentito por el alto anclaje narrativo utilizado. Y es que a todos nos pasa: cuando te cuentan un chiste por segunda vez ya no te da tanta gracia.
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